Otro relato de Sara Roberts.
"Yo he visto como ha ido creciendo el barco con el paso de los años. Primero, el restaurante de la cuarta planta, Les Trois Coqs, con Gaspar, el chef francés de Rennes que es tan malhumoreado y tan gracioso, y tiene la barba cana y desordenada que se mueve al hablar. Hasta parece que le ha comenzado a salir un poco por las orejas ahora también. Luego fue el pequeño café, el otro restaurante, la discoteca, el pub inglés, el casino, la peluquería, las tiendas de souvenirs, la perfumería, la relojería, la joyería, la sala de juegos, el otro restaurante (buffet esta vez, pero francés también, claro), el mini-supermercado, la farmacia, y la tienda de duty free, donde todo te cuesta más que en las tiendas normales. O sea, las de la tierra.
Sólo el bar de jazz y los camarotes siempre hemos estado aquí. Somos los únicos que hemos visto como ha ido creciendo el barco a traves de los años. Para decir la verdad, ya hay de todo a bordo – no necesitarías nunca bajarte, y de hecho dicen que el pianista, T.D. Lemon Novecento, nunca se ha bajado. Bueno, eso es lo que dice el maquinista - que él nació aquí en el barco y nunca se ha bajado a la tierra, ni una sola vez. Pues, no sé si sera verdad; ese maquinista sí cuenta de todo también.
Pero lo que sí es cierto es que ya quedamos sólo tres – él, yo, y Novecento – los que siempre hemos estado aquí, desde el principio. Aunque Gaspar también ya lleva bastante tiempo, es verdad. Pero todos los demás, absolutamente todos, pasan. Yo les he visto, llegar, ilusionados, e irse al pasar un año o dos a lo mucho. Es que nadie quiere vivir en un barco. Al fin y al cabo, todos terminan queriendo lo mismo – la casita de siempre, el coche, el perro, y la pequeña familia. Y aunque no lo piensen, siempre acaba haciéndoles falta. Pero a mí no. A mí ya no me gusta bajarme en tierra. Trato de evitarlo en cuanto sea posible. Siempre me da mareo."
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
jueves, 5 de marzo de 2009
El Barco
Etiquetas:
propuestas,
relatos,
Taller,
textos del taller
miércoles, 18 de febrero de 2009
La perra “Colette”
Otro texto de uno de nuestros talleristas, Juan María Ramos, escrito a partir del título que propuso uno de sus compañeros.
"Colette es una perrita pekinesa muy presumida, coqueta y resabiada. Con decirte que ladra en francés con los ojos entornados: “Guau, c’ est moi” – parece decir.
Lleva lazos color rosa en la cabeza y una especie de jersey de lana, “pret a porter”, de Ágata Ruiz de la Prada. Se sienta o se tumba – según la categoría de los visitantes – en la “chesse longue” del cuarto de estar del pisito que comparte con su dueña Desirèe . Elige la postura con sumo cuidado para dar la impresión de descuidada naturalidad. Casi siempre se le ve aburrida. Quizás, eche de menos los paseos por los bulevares parisinos como mascota de una señora muy “chic” con abrigo de visón, sombrero de plumas y zapatos de tacón puntiagudo con la que sueña cada noche.
Colette muestra cierta indisimulada superioridad sobre los perros del vecindario a los que encuentra toscos, pueblerinos y maleducados. Por los chuchos callejeros siente verdadera aversión y no mueve un solo músculo cuando pasan a su lado. Los ignora, como si fuesen fantasmas perrunos que ella se niega a percibir.
Es de apetito delicado. Sólo come platos especiales precocinados por un prestigioso cocinero de la “nouvelle cuisine”, que sólo se encuentran en la sección de delicatesen del “Corte Inglés” a precios astronómicos.
Cada dos meses tiene cita con el veterinario para revisión de la vista y con el peluquero canino, que, por cincuenta euros, le lava, marca, corta, escarda y cepilla el pelo hasta dejarla irreconocible.
Estuvo secretamente enamorada de un caniche muy encopetado cuyo dueño era teniente de artillería. No llegaron a nada serio porque al teniente lo trasladaron, repentinamente, a Zaragoza. Desde entonces anda con la mirada perdida y tristona, no se sabe de cierto si por el recuerdo del atractivo caniche del teniente artillero o por su incipiente miopía.
Si Desirèe se detiene a contemplar la fotografía que guarda del teniente de artillería sobre la mesita del recibidor, Colette, pone las patas delanteras sobre el tapete blanco y se asoma, también, para mirar al caniche que acompaña al militar de la fotografía. Entonces, sus ojillos miopes se le ponen llorosos y piensa que si su dueña, Desirèe, hubiese sido valiente y se hubiera atrevido a irse a Zaragoza con el artillero, probablemente, la vida de ambas sería muy diferente."
"Colette es una perrita pekinesa muy presumida, coqueta y resabiada. Con decirte que ladra en francés con los ojos entornados: “Guau, c’ est moi” – parece decir.
Lleva lazos color rosa en la cabeza y una especie de jersey de lana, “pret a porter”, de Ágata Ruiz de la Prada. Se sienta o se tumba – según la categoría de los visitantes – en la “chesse longue” del cuarto de estar del pisito que comparte con su dueña Desirèe . Elige la postura con sumo cuidado para dar la impresión de descuidada naturalidad. Casi siempre se le ve aburrida. Quizás, eche de menos los paseos por los bulevares parisinos como mascota de una señora muy “chic” con abrigo de visón, sombrero de plumas y zapatos de tacón puntiagudo con la que sueña cada noche.
Colette muestra cierta indisimulada superioridad sobre los perros del vecindario a los que encuentra toscos, pueblerinos y maleducados. Por los chuchos callejeros siente verdadera aversión y no mueve un solo músculo cuando pasan a su lado. Los ignora, como si fuesen fantasmas perrunos que ella se niega a percibir.
Es de apetito delicado. Sólo come platos especiales precocinados por un prestigioso cocinero de la “nouvelle cuisine”, que sólo se encuentran en la sección de delicatesen del “Corte Inglés” a precios astronómicos.
Cada dos meses tiene cita con el veterinario para revisión de la vista y con el peluquero canino, que, por cincuenta euros, le lava, marca, corta, escarda y cepilla el pelo hasta dejarla irreconocible.
Estuvo secretamente enamorada de un caniche muy encopetado cuyo dueño era teniente de artillería. No llegaron a nada serio porque al teniente lo trasladaron, repentinamente, a Zaragoza. Desde entonces anda con la mirada perdida y tristona, no se sabe de cierto si por el recuerdo del atractivo caniche del teniente artillero o por su incipiente miopía.
Si Desirèe se detiene a contemplar la fotografía que guarda del teniente de artillería sobre la mesita del recibidor, Colette, pone las patas delanteras sobre el tapete blanco y se asoma, también, para mirar al caniche que acompaña al militar de la fotografía. Entonces, sus ojillos miopes se le ponen llorosos y piensa que si su dueña, Desirèe, hubiese sido valiente y se hubiera atrevido a irse a Zaragoza con el artillero, probablemente, la vida de ambas sería muy diferente."
Etiquetas:
propuestas,
relatos,
textos del taller
Suscribirse a:
Entradas (Atom)